De Quicio

Creating unfinished texts / Publicando textos inacabados

 

Los parques de atracciones de día tienen algo de extraño, como un fenómeno fuera de lugar. En los días jornadas comunes, por la mañana, puedes verlo solitario desde el metro, como. Un pueblo abandonado al acabar la diversión, podría decirse, auténtica metáfora de la vida moderna. Puedes percibir las masas de gente ausente pululando por sus calles, como un miembro fantasma. Laten con la vida que una vez tuvieron sin preocuparse de su conciso futuro, de la mañana siguiente en que, todo apagado, la estructura que les alberga se revelará absurda y críptica. Uno se pregunta qué ocurrirá entre aquellos hierros gigantes cuando las máquinas se apagan, cuando el público haya abandonado el barco y no tenga conciencia de esa triste existencia mecánica que les proporcionó un fugaz instante de placer.  El acero y el movimiento, conformando un recreo de los agotados sentidos de aquellos que buscan una pausa en un espacio moderno dentro de un espacio moderno, repeticiones en espiral de estructuras conocidas modificadas debidamente para el ocio. Es paradójico observar cómo el hombre busca refrescarse de lo conocido por lo simplemente familiar. Pero, ¿qué ocurre cuando, en esa mañana, el hombre olvida, al traspasar con la barca de Caronte el margen del río hacia su vida real, cuando su conciencia borra los plácidos momentos de película que han vivido en esa isla de felicidad que es el parque de atracciones en días de recreo? ¿Mueren instantáneamente, como las hadas en las que no se tiene fé según Peter Pan? No, su destino es algo mucho peor, pues si se desintegraran como la conciencia del dominguero dentro de cuando entra en la mente de un ciudadano efectivo   en día de diario al menos tendrían dignidad. Las máquinas sólo se quedan allí, esperando. Las torres se levantan altas, rojas, azules, verdes, privadas de su poder, grandes insectos metálicos inertes esperando no sé sabe el qué. Construcciones de niños ridículas cuando se las abandona, despojadas de su valor y, por tanto, entrañables. Uno casi podría pensar que se puede empatizar con esas máquinas.

Cuando paso con el metro por las mañanas comunes y surge esa visión fantasmal de juguete roto, pongo toda mi conciencia en ella, realizo auténticos esfuerzos en pensar el parque de atracciones cuando nadie lo recuerda. Me gusta pensar que, pensando en ello, les devuelvo la vida que los otros hombres le han negado con su olvido, con su ingratitud post-fin de semana.

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Esta entrada fue publicada el 24 de noviembre de 2013 por en Uncategorized.

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